jueves, 18 de febrero de 2010

Violencia y falta de autoridad


Os ofrecemos un articulo que no deja de tener actualidad en nuestros días, por parte de uno de nuestros colaboradores que muestra su intéres por la educación escolar y familiar.
Antonio Béjar. Maestro. Licenciado en Ciencias de la Educación


A diario recibimos noticias sobre agresiones a profesores y entre alumnos. Merecen unas reflexiones en esta sección los actos violentos en centros educativos y fuera de ellos.
No podemos hablar de una generalización de estas conductas pero sí de un incremento. En los centros de Educación Primaria la violencia suele estar controlada, pero no por ello deja de ser traumática para los profesores que la sufren. En los niveles de Educación Secundaria -de once a dieciocho años- adquiere mayor relevancia.
La agresividad es el conducto por el que se produce el escape del sujeto agresor. En ella pone de manifiesto sus frustraciones, su estrés, su incertidumbre en el futuro y su falta de seguridad en sí mismo. El estrés está tomando tanta presencia en nuestra sociedad occidental que ya no se libran de él ni los más jóvenes. Incluso los niños de corta edad empiezan ya a ser sufridores de este mal. Todo un problema.

El colegio, reflejo social
La institución escolar es en general un fiel reflejo de la sociedad. De nada vale echar las culpas a los demás sobre esta situación que padecemos. Todos, padres, profesores y ciudadanos en general tenemos que ser realistas. El problema de la violencia es algo que va anejo a estos tiempos y tenemos la obligación de afrontarlo entre TODOS y a ser posible, que lo debe ser, de buscarle soluciones.
Pero no es el de la violencia el único problema que afecta a la sociedad en estos momentos. Junto a él nos encontramos con otro que también está ejerciendo mucha influencia, especialmente en el campo educativo, el de la falta de autoridad. Todos nos quejamos de la situación.
Si de la violencia decimos que tiene difícil solución, la falta de autoridad está ocasionando un enorme deterioro en la institución familiar y también en la educativa. Bien entendido que cuando me refiero a la autoridad lo hago bajo la consideración positiva del término, circunstancia necesaria para que cada uno pueda hacer su trabajo sin interferencias.
La falta de autoridad da lugar a actuaciones próximas al abuso y éste nunca es un buen compañero. La colaboración en las tareas familiares escasea, los hijos suelen excederse en las salidas nocturnas y especialmente en el regreso, los gastos y el consumismo aumentan de una manera notoria. En los centros educativos también se echa en falta esa autoridad con responsabilidad para que el proceso educativo no sufra girones y la actividad académica se desenvuelva con aprovechamiento.
Los docentes cada vez se quejan más del tiempo que se pierde en conseguir un ambiente propicio para desarrollar la actividad diaria en el aula. El problema es muy serio y aquí sí que es necesaria una verdadera colaboración profesores-familias. Por separado poca cosa se puede conseguir.
Es cierto que hay alumnos que no estudian porque no les interesa lo que se les ofrece. Ése es el inconveniente principal de la obligatoriedad hasta los dieciséis años. Pero ello no es óbice para que esas minorías de estudiantes impidan un normal funcionamiento de los centros educativos e impidan que los alumnos que quieren estudiar puedan aprovechar todas las oportunidades que el sistema educativo les ofrece, que son muchas.

¿El tiempo soluciona?
Y ante esta situación ¿qué hacer? Ésa es la cuestión. Hay quienes consideran que ésta es una situación pasajera y que el tiempo se encargará de ir suavizando poco a poco. Son los que podíamos llamar optimistas. Otros en cambio piensan que no hay otra solución que afrontar el problema con verdad y con ganas de solucionarlo de una vez para siempre. Son los que podríamos llamar radicales. Posiblemente, como en tantas otras ocasiones, en el justo medio esté la solución. Ni pasar olímpicamente de todo, ni violentar la situación yendo contracorriente. Sería solucionar un problema creando otro, posiblemente de mayor calibre.
Pensemos que a veces estamos exigiendo a nuestros niños y jóvenes normas que para los adultos son elementales por conocidas y practicadas, pero que ellos -jóvenes y niños- desconocen totalmente. Por ello en primer lugar deberíamos cerciorarnos de que conocen esas normas que nosotros queremos que apliquen. Una vez comprobado que las conocen debidamente, exigir su cumplimiento, razonadamente pero con continuidad. Todo menos seguir permitiendo que la violencia, la agresividad y la falta de autoridad tenga tanta presencia en el centro escolar y en la propia casa. La tarea no es nada fácil pero desde luego hay que ponerse manos a la obra, y ese ya es otro cantar. Esperar que "otros" vengan a solucionar este problema es no vivir en la realidad actual. Ánimo y suerte.

Antonio Béjar
Maestro. Licenciado en Ciencias de la Educación
bejai72@hotmail.com

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