martes, 6 de abril de 2010

Algo más que impunidad



Ignacio Camacho - ABC, 6 de abril 2010.



Cinco reformas en ocho años, más varias en proyecto, prueban que la vigente Ley del Menor es un bodrio incapaz de dar respuestas solventes al cada vez más acuciante problema de la delincuencia juvenil y la inadaptación de los adolescentes a una sociedad capaz de cambiar mucho más deprisa que su ordenamiento jurídico.

Las polémicas suscitadas por crímenes espeluznantes cometidos por y contra jóvenes ponen de manifiesto un claro fracaso legal tanto en la prevención del delito como en la satisfacción de la pena, y los continuos casos de reincidencia, chulería o premeditación, los rafitas, carcaños y demás precoces canallas, cuestionan gravemente el candoroso espíritu de reinserción que inspira la filosofía normativa. Quizás haya llegado, pues, el momento de plantearse una enmienda a la totalidad que abandone los retoques motivados por sacudidas de alarma social, los parches legislados a golpe de alboroto de opinión pública, y aborde la elaboración de una ley de nueva planta; un proceso más meditado, menos cándido y más realista que admita los errores de fondo y rectifique de raíz con un planteamiento distinto: un texto que otorgue respeto y dignidad a las víctimas y deje de contemplar a los muchachos contemporáneos, hijos de un orden social tan conflictivo como sofisticado, como si fuesen trasuntos del buen salvaje rousseauniano.

Con todo, ante sucesos como el de la niña de Seseña no basta apelar a los clamorosos fallos punitivos de una legalidad incompetente para tranquilizar la conciencia y ponernos a salvo de cuestiones más complejas que interpelan también nuestra responsabilidad colectiva. La incómoda punzada de contrariedad, repugnancia y espanto que nos suscita el probable homicidio de Cristina Martín no se puede anestesiar con fáciles argumentos de impunidad que olviden la ínfima arquitectura moral que hemos construido para la juventud y la infancia. Podemos consolarnos a través de una superficial solidaridad con el sufrimiento de la familia victimada y una queja retórica sobre la leve punición que sufrirá la presunta agresora. Pero hay en esos sórdidos dramas adolescentes factores mucho más profundos sobre los que solemos pasar de puntillas para no tener que aceptar cuotas de compromiso. La banalización de la violencia, la mitificación de la competitividad, la exaltación mediática de la estupidez, la consagración de la abulia intelectual, la indiferencia por el mérito, la postergación del esfuerzo, el desarraigo familiar y la indiferencia paterna, el aislamiento juvenil en internet y las nuevas tecnologías, el naufragio educativo, el desentendimiento adulto, la ausencia de una estructura jerárquica de valores; todo eso tiene tanto que ver con estos dramas aterradores como esa ley boba, injusta e inútil que trivializa el castigo y casi gratifica el delito. Sólo que resulta más complicado de resolver y mucho menos cómodo de asumir.

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